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TRABALHAR MATA (e queremos viver)

La edad de jubilación en España lleva siendo un número alrededor de los 65 desde el año 1919. En aquel entonces, la esperanza de vida al nacer era de poco más de 40 años, es decir, se esperaba que la gente falleciese aún trabajando. La jubilación era aquello que, quienes tenían la suerte de alcanzar, vivían en unas condiciones que nada tenían que ver con el retiro soñado por nadie. Las duras condiciones en el campo, las fábricas y demás causaban estragos en el cuerpo humano, que a duras penas había sobrevivido hasta la edad de, por fin, poder dejar de trabajar.

La edad de jubilación se mantuvo constante durante más de 100 años. No fue hasta finales de la década de 1960 cuando la esperanza de vida media al nacer (que en 1970 ya era de 72 años) la superó por primera vez. Fue en los años 80 cuando empezamos a ver a las primeras generaciones de personas jubiladas que llegaban con una salud moderada y podían disfrutar de paseos, de la familia e incluso de pequeños viajes después de 40 años cotizados. En esa época es cuando empezamos a escuchar a ciertos iluminados y gurús del capitalismo predecir que el modelo era insostenible y que habría que incentivar la creación de fondos de pensiones privados o elevar la edad de jubilación. Esas voces, por desgracia, siguen vigentes a día de hoy; de hecho, han conseguido su propósito en varias regiones del mundo. Da la sensación de que el sistema colapsa cuando la gente no se muere trabajando.

Ya en los años 20 del siglo XXI, la esperanza de vida en los países europeos supera ampliamente los 80 años (en España es de 84 años), de modo que las personas que se jubilan suelen llegar con una cierta calidad de vida. Las mejoras en la alimentación, las condiciones laborales y sanitarias han hecho que las nuevas generaciones de personas jubiladas lleguen con ganas, fuerzas y, algunos, con dinero, para disfrutar del tiempo sin tener que trabajar, sin horarios, sin turnos de comida, sin jefes… ¿se imaginan? Aunque claro, ciertos poderes económicos siguen pensando que aún tienen demasiada energía y que podrían seguir trabajando. Estoy seguro de que el sueño húmedo de ciertas clases sociales es que la edad de jubilación volviese a estar por encima de la esperanza de vida media al nacer.

Hay una gran cantidad de personas que, en el momento de jubilarse, ya no tienen el papel de desvalidos y personas que necesitan cuidados. Pero siguen habiendo excepciones. Ser relegada al fondo de una habitación al cuidado de una mujer, sea esta la nuera, la hija o la trabajadora del hogar, o aparcada en residencias de mayores, como sucede más recientemente, es una realidad. El sesgo patriarcal en el que se asume o se asigna a la mujer como principal responsable de las tareas de cuidado sigue muy vivo y presente en ambos lugares, siendo las residencias un sector donde más del 85% de la fuerza laboral son mujeres.

La gran mayoría de gente jubilada, sin embargo, se ha convertido en un importante actor de la vida social y económica de las envejecidas poblaciones de Europa occidental. De hecho, debido a la situación económica y social, el papel de estas aún capaces personas mayores se ha transformado en el de personas que apoyan en las tareas de cuidados. Las personas jubiladas, muchas veces las abuelas, se han convertido en un apoyo crucial en familias aplastadas por la obligación de pasar largas horas en el trabajo, necesitando de alguien que recoja a los hijos y a las hijas del colegio, que les vista, que les alimente…

Pero, ¿se imaginan que no hubiera que llegar a la jubilación para poder disfrutar de la vida en su plenitud? Imaginen lo que sería disfrutar de la existencia y experimentar la vida sin las presiones del capitalismo, sin el deber de trabajar toda una vida para poder consumir bienes de primera necesidad o darnos algún capricho. Dedicar algunas horas de nuestro día que sirvieran a la comunidad de manera directa, ya sea en el campo, en la industria, en el arte, en la ciencia, en la medicina... Eso sería nuestro “trabajo”. Echamos en el mejor de los casos 40 horas a la semana, haciendo, en su mayor parte, tareas inútiles, que solo hacen que la empresa en la que trabajemos facture unos miles de euros más al mes.

Aún hay muchos trabajos que, extendidos en el tiempo, suponen unos esfuerzos extenuantes para la mente o el cuerpo de cualquiera, lo que causa muchas veces una desazón vital que puede desembocar en ansiedad, depresiones, etc. No cuesta mucho imaginarse por qué en el mundo en el que vivimos la gente ansíe llegar a las vacaciones o a la jubilación, aquellas personas, por supuesto, que puedan permitirse una. Ya que no todo el mundo llega en condiciones físicas o mentales muy propicias para disfrutar la jubilación.

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Raúl Granados B.